Al otro lado de la vía

Suerte he tenido de no ser paciente (en plan en serio) hasta mis 32 años. He sido acompañante y familiar de paciente oncológico. Una historia que, como muchas otras, acabó mal. Mi mente ha borrado todo. No quiere recordar. Pero ahora hablo solo de la experiencia como paciente. Esa que todo o casi todo el mundo ha tenido menos yo hasta ayer. 

Bueno, la historia empieza un poco antes, cuando ves que algo va mal. Y en vez de salir escopetada al médico pues pasas, hasta que no puedes pasar más. Porque el médico para mí es mi compañero de trabajo, no el médico como lo ven los pacientes, es el que diagnóstica a otros, no a mí.
La salud para mí era eso que perdían los pacientes, no eso que podía perder yo. La bata azul es eso que les ponía en urgencias, no lo que significó ayer para mí: quitarme el uniforme de enfermera (que aunque no lo lleves y vayas de calle lo llevas puesto siempre en el cerebro) y ponerme el de paciente.
El uniforme de paciente debería tener una identificación como la que llevo yo cuando trabajo, no ser «el de la cinco o la fractura del ocho». El uniforme de paciente debería ir acompañado de una enfermera que se presenta, que te dice te acompaño esta tarde, te pregunta cómo estás y que te enseña tu electro porque sabe que te encantan y ha sido alumna tuya. El uniforme de paciente debería ir acompañado de una TCAE que te sujeta cuando te vas a marear y de un celador que te da conversación porque ve que se te van a salir los ojos de las órbitas del susto que llevas al entrar a quirófano.

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